martes, 23 de diciembre de 2014

La Lavandera

Con una ponchera y un saco de ropa sucia se dirigía María a su labor de domingo, dos barras de jabón, un cepillo de lavar y un garrote conocido como manduco para aflojar la mugre más fuerte a golpe, se sentaba siempre en el mismo canal, en el mismo lugar, sobre la misma piedra, siempre alegre y con una canción comenzaba su jornada. Primero los pantalones y los overoles de don Andrés, la grasa es muy difícil y la tela es muy gruesa, así que necesitan un tratamiento especial, sin embargo María ya tenía la receta, unos cuantos garrotazos, restregar por ambos lados con buen jabón, cepillar, volver a golpear y luego dejar en remojo. Es mejor continuar con la ropa de los niños, que aunque parece la más fácil, es en realidad la ropa más mugre, con manchas imposibles, con aromas difíciles de reconocer, descoloridas, embarradas no siempre de barro, algunas verdes color pasto y otras llenas de pintura, plastilina o de chocolate, pero nada que María no pudiera solucionar.  La mañana está tranquila, el agua fluye sin cesar, las aves cantan, los peces juegan, el sol brilla, la brisa golpea los arboles con una armonía que parece sobrenatural, no hay nada que le impida a María disfrutar su oficio de domingo.
Alguien se acerca, parece que es el joven Mauricio, el mayor de sus hijos, ha llegado hasta el rio montando su caballo, se acerca a su madre y le pide su bendición, irá al pueblo a visitar a sus tíos, a encontrarse con su novia y divertirse con algunos amigos, nada que un joven de su edad no esté en edad de hacer. María pregunta si cuenta con el consentimiento de su padre, el asiente con la cabeza y con una sonrisa le dice que esta vez su padre se lo ha pedido ¿Por qué será? Se pregunta María y en tono de advertencia le comenta, que pueda ser que no esté otra vez detrás de la hija de don Manuel, le recuerda lo bueno que ha sido ese hombre con ellos, que además es un excelente patrón y que sería una ofensa muy grande, que en uno de sus arranques termine manchando su honor, es mejor como dice don Andrés, que se marche para el pueblo y deje de buscar problemas innecesarios
Y así partió Mauricio, río arriba por el camino que va a Santa Bárbara a dos horas de aquel lugar.
María sigue lavando parece que el jabón no va a alcanzar, entonces resuelve seleccionar las prendas que más se usan y terminar antes de que sea hora de preparar el almuerzo y así pasa una hora entre canciones y espuma, entre golpes y sudor, la lucha parece acabar, la mugre parece estar derrotada y María victoriosa se quita el sudor de la frente, ya solo hace falta enjuagar, pensó que no alcanzaría el jabón pero hasta quedo para lavar el vestido que llevaba puesto y hacer una pequeña bolita que se llevó la corriente -¡estúpido río!  Te llevas lo que necesito. -Exclamó algo disgustada y entonces como en respuesta a su quejido el viento crujió tan fuerte que levantó el agua y le salpicó el rostro, casi como una cachetada, María sorprendida se levantó y miro a todas partes ¿Acaso sucedía algo en aquel lugar? ¿Qué significaba? Entonces volvió a gritar -¿Qué es lo que te pasa? Y antes de que se diera cuenta la ponchera con la ropa estaba a metros de ella flotando con la corriente que se la llevaba como apresurada, muy lejos de María, pero a suerte de ella, el recipiente quedó atrapado entre dos piedras, dos enormes piedras que formaban una posa ¿Ahora como llego hasta allá, si no sé nadar? Se preguntó María.
Como loca busca entre los arboles una vara que sea lo suficientemente larga como para arrastrar la ponchera hasta su orilla, pero es inútil la búsqueda, le tocaría cortar una, pero no trae consigo un machete, desesperada intenta entrar en las aguas, lo hace cuidadosamente, pero incluso con el agua por debajo de las rodillas la corriente advierte que no prosiga, intenta acercarse pero el miedo es más fuerte, así que retrocede una y otra vez, furiosa golpea el agua, sin saber qué hacer. Un sentimiento de angustia atrofia su pensamiento ¿Por qué? Se pregunta una y otra vez,  entonces recuerda el puente que está más adelante, tal vez cruzando hasta el otro lado del río pueda acercarse desde la otra orilla, de hecho está más cerca del otro lado, tanto que solo le bastaría estirar un poco su brazo para hacerse con la ropa.
Esta hecho, decidida tomó una vara gruesa que estaba arrojada a un lado del camino, cruzó el puente, se coló entre los bejucos que colgaban de los árboles que bordeaban el río y echó un vistazo, parece que será fácil pensó, entonces cuidadosa bajó hasta la orilla desde un pequeño barranco que se derrumbaba cada vez que afirmaba el pie, pero no le importó, ya estaba cerca, estiró un poco el brazo mientras agarraba fuertemente un bejuco con la otra mano para no caer al agua, agarró la ponchera y la levantó, hasta ponerla en la orilla sobre tierra firme, sintió un gran alivio, pues  ya se había tardado bastante, ya el almuerzo debería estar adelantado.
-Estúpido río me has demorado –dijo María suspirando
Su expresión de alegría fue transformada en cuestión de segundos por un estruendoso ruido que parecía acercarse desde el alto del valle, María solo pensó en correr, tomó la ropa y corrió a toda velocidad, entre los árboles, la maleza y las piedras, en el paso el viento se hizo más pesado, el cielo más oscuro y el canto de las aves se había disipado por completo, aquello horroroso que venía rió arriba se aproximaba con fuerza, lo podía escuchar corriendo detrás de ella como una bestia enfurecida cazando a su presa, el temor le impedía voltear, peor se sintió cuando llegó hasta el puente y este ya no parecía estar en su lugar, el agua lo cubría por completo, sólo le quedaba buscar un sitio donde ponerse a salvo, miró a todas partes buscando la forma de huir de aquello que venía y no se le ocurrió más que adentrarse entre los árboles,  pero ya era tarde el agua le llegaba hasta los muslos.
-Maldito río. –gritó
Fue entonces cuando la avalancha arremetió contra ella, la ponchera de ropa voló por los cielos y los trapos cayeron uno a uno al río, llevándoselos, María que alcanzó a agarrarse de un bejuco mientras gritaba desesperada por ayuda, ya sus lágrimas se desprendían fugitivas como queriendo huir de aquel lugar poseído por tan furiosas fuerzas, las aguas endemoniadas hacían remolinos alrededor de su cuello, era una escena de verdad atroz, aquella pequeña mujer a la merced de una tempestad que arranca árboles, derriba puentes, hunde casas, destruye cultivos, era ella sola y sus brazos que se aferraban a su instinto de sobrevivir, gritaba una y una vez más, hasta que se cansó de hacerlo, entonces lloró desconsolada, triste de ver su final de aquella forma, sin poder ver a su hijo casado, sin poder despedirse de su esposo, sin abrazar a su madre,  tenía los brazos entumecidos por lo que era cuestión de segundos para que sus manos ya inútiles dejaran de responderle y se desprendieran del único lazo que la mantenía en este mundo.
Entonces bajó la mirada y aun sosteniéndose gritó – ¡No quiero morir!  Un grito aterrador, dicen muchos que se escuchó por todo el pueblo, como si el espíritu de aquella mujer se hubiese posado tras el oído de cada uno de los habitantes, todos quedaron desconcertados, confundidos, dejaron de hacer los muros de contención, de cargar, de traer y quedaron inmóviles, como tratando de comprender aquello, se miraron sin decirse nada, solo Andrés que sintió un estallido en su pecho, dijo con voz angustiada –María…
Soltó la pala con la que estaba colaborando y corrió, pero era inútil, varios hombres lo agarraron, solo se alcanzaba a ver agua, un enorme mar de agua dulce que cubría todo el espacio, no había nada en pie, su hermano lo apretó del rostro y lo miró a los ojos moviendo su cabeza de un lado al otro, como queriendo decir lo siento y lo abrazó, Andrés cayó arrodillado.
-Me olvide de ella. –dijo llorando. –me he olvidado que estaba lavando
Pero María aún no estaba muerta, aun no había sido vencida, con las pocas fuerzas que logro sacar desde lo más profundo de su ser, pudo enredar el bejuco en sus muñecas ya que no podía sostenerse se dejó colgar, solo tenía que seguir respirando. Pero los troncos la golpeaban y parecían tirar de ella, como queriendo desprenderla y llevarla con ellos, el agua había disminuido su fuerza, pero aún era mucha y cubría todo a su alrededor, tanto que no parecía haber una orilla. Ya tomaba el estado de un cuerpo inerte, inanimado, enredado entre la mugre de la avalancha, el árbol que sostenía el bejuco que la enredaba estaba cediendo ante el agua, todos los que estaban allí se desprendían, ella podía sentir como las raíces salían del suelo, como tronaban y se hundían entre la espesa agua marrón, al suyo le quedaba poco para tener el mismo destino, ya sentía el crujir de sus raíces, que al igual que sus brazos se habían cansado de resistir y solo estaban esperando a que algo, algún milagro las salvara ¿Pero quién? ¿Quién entre ese desierto de agua?  ¿Por qué no habían venido a rescatarla? ¿Por qué no notaron su ausencia? Responderse eso le resultaba más doloroso, se dijo así misma –Ojalá todos estén bien.
Un sentimiento de resignación se apoderó de su pecho, estaba consciente de que ya había resistido lo suficiente, que ya no podía hacer más nada, que pronto seria arrastrada por la corriente, que con suerte seria golpeada por algo en la cabeza y no tendría que sufrir tanto muriendo ahogada, entonces cerró los ojos y lloró una vez más.
Algo tocó su hombro, no era una rama, no era un tronco, era algo mucho más blando, algo de carne, alguien, pensó. Pero no era alguien, un caballo había sucumbido ante la tempestad y había sido arrastrado por la avalancha, solo se podía ver su enorme panza hinchada flotando, un remolino lo hizo girar y su cabeza emergió, esos enormes ojos que parecían haber aguantado mucho querían decirle algo, querían darle entender algo, ella pensó que seguramente acabaría como el, con la pansa hinchada y los ojos fuera de sus cuencas, entonces su memoria la estremeció con un escalofrío que le arrebató de una vez por todas las esperanzas, una horrible preocupación, un feo presentimiento la hizo gemir de dolor. Aquel era el caballo de Mauricio, no había duda de eso, la marca en la frente del animal, aquel había sido un regalo de cumpleaños, había crecido tanto ese muchacho. Los ojos de María prácticamente se inmovilizaron de tristeza, el cuerpo hinchado de su hijo la levantó al pasar por debajo de ella y luego emergió ante su mirada desconsolada ¿Por qué? Se preguntó una vez más y árbol que la sujetaba se desprendió.


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