Corre
Lucio, busca la olla que llegó el señor de la leche –gritó doña Gabriela. Lucio
apresurado y obediente corrió hasta la cocina donde tomó la olla más limpia y
bonita que había, salió sonriente a la terraza donde estaba el señor lechero
con su triciclo y una enorme olla.
–buenos
días, feliz día del amor y amistad. –dijo Lucio de la manera más simpática.
-Vea pues, los días son los mismos de siempre.
–le dijo el lechero. Además mi esposa
hace tiempo se fue al cielo, no veo porque han de ser buenos los días y menos
este.
-pues
porque esta con vida, tiene trabajo, salud y un hermoso triciclo para llevar la
leche. –le dijo el niño
-pues
será hermoso pero no es del todo útil.
-¿Por qué lo dice usted? –pregunto Lucio
-porque
desde que compre este aparato del demonio, no he podido montarlo una sola vez,
si no está duro, se le sale la cadena y si no se le sale se le cae el pedal.
-pues
debería llevarlo a donde un señor que arregle triciclos. –dijo lucio con una
gran sonrisa.
-ya lo
he llevado muchas veces y no pienso gastar un peso más, tampoco pienso perder
más tiempo así que dime cuanta leche van a pedir en tu casa.
-bueno.
Deme un litro señor.
-aquí
está tu leche muchacho, son 2 monedas.
-aquí
están señor. –le dijo Lucio, entregándole el dinero. Entonces volvió Lucio a
dirigirse al lechero –señor ¿me podría dejar montar su triciclo?
-¿para
qué? No conseguirás si no hacerme perder más tiempo.
-déjeme
intentarlo.
-Está
bien, pero con una condición, si no consigues llegar hasta la próxima esquina
me devolverás la leche y yo me llevare el dinero, de lo contrario te la quedas
y aparte te regalo el triciclo. El señor lechero sabía que el niño no le daría más de tres pedalazos, si
es que podía dar uno, además la próxima esquina estaba a más de cien metros así que pensó que sería
una buena lección para un chiquillo entrometido. Lucio colocó la olla con el
litro de leche en la ventana, ajustó las agujetas de sus zapatos y se dispuso a
montar el triciclo, pensaba que sería fácil, pues ya él había manejado la cicla
de su papá que era mucho más grande, entonces no lo pensó y colocó los pies en
los pedales, intentó arrancar pero no lo conseguía, en realidad estaba muy
duro, intento una y otra vez pero no lograba hacer que se moviera, quizás era
el peso de la enorme olla o de verdad estaba dañado el triciclo, Lucio
desesperado empujaba el pedal con más fuerza, comenzaba a preocuparse ¿Qué le
diría a su mamá cuando no le llevara ni leche ni dinero? El señor lechero solo reía
a carcajadas de ver la impotencia del niño que luchaba con todas sus fuerzas
por hacer mover su atrofiado trasto, inservible que solo servía a empujones,
que nuca pudo manejar como quiso, entonces sintió compasión por el niño y le
pidió que se bajara, que era inútil y que no se preocupara por la leche, pero
que no se le olvidara que cuando un adulto afirma algo él debe respetar. Lucio
ya decepcionado decidió bajarse, pero no sin hacer el último intento y a su
sorpresa logro dar el primer pedalazo aunque no avanzó mucho, pero volvió y dio
otro y otro, parecía ir ganando más y más velocidad, hasta que llego a la otra
esquina, se sentía tan feliz que no se detuvo siguió dando pedalazos, más se
sorprendió cuando se dio cuenta que el triciclo ya no tocaba el suelo, estaba
volando y se elevaba mucho más con cada vuelta que daban las ruedas, el señor
lechero corría detrás sin poder alcanzarlo hasta que se perdió a lo lejos entre
las nubes. Pobre lechero, gritaba y maldecía su suerte, ahora no tenía triciclo
ni bueno ni malo, tampoco tenía olla y la leche que quedaba se la había llevado
lucio, ¿A dónde? No sabía. Así pasó la mañana y pronto llego la tarde, doña
Graciela preocupada y don lechero enojado sentado en la terraza de su casa. Por
las calles del pueblo caminaban las parejas de enamorados, celebrando el día de
amor y amistad, eso era una estupidez
pensaba el señor lechero, las veces que
vio esa fecha como algo especial era porque su esposa le preparaba un rico
almuerzo y pasaban el resto de la tarde en una banca del viejo parque, esta vez
miraba al cielo buscando su triciclo ¿a dónde habrá ido Lucio? Se angustio de
pensar que algo malo le pudo haber pasado a ese niño por su culpa. Entonces oyó
un ruido, era un timbre ¿el timbre de la
leche? Apresurado se asomó a la calle a ver que era y se encontró a Lucio con
su triciclo y su olla que venía desde la otra calle timbrando. –señor lechero,
mire lo que le traje. –gritaba lucio. –muchacho del demonio ¿a dónde te habías
llevado mi triciclo? Ya se habrá dañado la leche de la olla –gritaba el señor
enojado. Pero luego vio que Lucio no venía solo, señor lechero se colocó sus anteojos y miro bien ¿era acaso
aquello un espejismo, un sueño? Quien
venía de pies en los conos del triciclo era su amada, con un hermoso vestido
amarillo y una gran sonrisa. Señor lechero no lo creía, estaba que estallaba de
felicidad. -¿Qué has hecho muchacho? –le preguntaba a Lucio. –Usted me ha dicho que su esposa se fue al
cielo y yo la fui a buscar para que usted tuviera un buen día –le contestó
Lucio. El señor lechero abrazó a su esposa lleno de alegría le dijo que la
había extrañado y que la amaba mucho. Ella le miro y le dijo feliz día del amor
y amistad. Pasaron el resto de la tarde hablando, sentados en una de las bancas
del viejo parque y al terminar el día ella volvió. Desde entonces cada vez que
llegaba ese día, el señor lechero le pedía a Lucio que lo llevara al cielo a
ver a su amada esposa, hasta que un día decidió quedarse con ella en aquel lugar para siempre.
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