jueves, 25 de diciembre de 2014

EL TRICICLO (cuento)

Corre Lucio, busca la olla que llegó el señor de la leche –gritó doña Gabriela. Lucio apresurado y obediente corrió hasta la cocina donde tomó la olla más limpia y bonita que había, salió sonriente a la terraza donde estaba el señor lechero con su triciclo y una enorme olla.
–buenos días, feliz día del amor y amistad. –dijo Lucio de la manera más simpática.
 -Vea pues, los días son los mismos de siempre. –le dijo el lechero.  Además mi esposa hace tiempo se fue al cielo, no veo porque han de ser buenos los días y menos este.
-pues porque esta con vida, tiene trabajo, salud y un hermoso triciclo para llevar la leche. –le dijo el niño
-pues será hermoso pero no es del todo útil.
 -¿Por qué lo dice usted? –pregunto Lucio
-porque desde que compre este aparato del demonio, no he podido montarlo una sola vez, si no está duro, se le sale la cadena y si no se le sale se le cae el pedal.
-pues debería llevarlo a donde un señor que arregle triciclos. –dijo lucio con una gran sonrisa.
-ya lo he llevado muchas veces y no pienso gastar un peso más, tampoco pienso perder más tiempo así que dime cuanta leche van a pedir en tu casa.
-bueno. Deme un litro señor.
-aquí está tu leche muchacho, son 2 monedas.
-aquí están señor. –le dijo Lucio, entregándole el dinero. Entonces volvió Lucio a dirigirse al lechero –señor ¿me podría dejar montar su triciclo?
-¿para qué? No conseguirás si no hacerme perder más tiempo.
-déjeme intentarlo.

-Está bien, pero con una condición, si no consigues llegar hasta la próxima esquina me devolverás la leche y yo me llevare el dinero, de lo contrario te la quedas y aparte te regalo el triciclo. El señor lechero sabía que  el niño no le daría más de tres pedalazos, si es que podía dar uno, además la próxima esquina estaba  a más de cien metros así que pensó que sería una buena lección para un chiquillo entrometido. Lucio colocó la olla con el litro de leche en la ventana, ajustó las agujetas de sus zapatos y se dispuso a montar el triciclo, pensaba que sería fácil, pues ya él había manejado la cicla de su papá que era mucho más grande, entonces no lo pensó y colocó los pies en los pedales, intentó arrancar pero no lo conseguía, en realidad estaba muy duro, intento una y otra vez pero no lograba hacer que se moviera, quizás era el peso de la enorme olla o de verdad estaba dañado el triciclo, Lucio desesperado empujaba el pedal con más fuerza, comenzaba a preocuparse ¿Qué le diría a su mamá cuando no le llevara ni leche ni dinero? El señor lechero solo reía a carcajadas de ver la impotencia del niño que luchaba con todas sus fuerzas por hacer mover su atrofiado trasto, inservible que solo servía a empujones, que nuca pudo manejar como quiso, entonces sintió compasión por el niño y le pidió que se bajara, que era inútil y que no se preocupara por la leche, pero que no se le olvidara que cuando un adulto afirma algo él debe respetar. Lucio ya decepcionado decidió bajarse, pero no sin hacer el último intento y a su sorpresa logro dar el primer pedalazo aunque no avanzó mucho, pero volvió y dio otro y otro, parecía ir ganando más y más velocidad, hasta que llego a la otra esquina, se sentía tan feliz que no se detuvo siguió dando pedalazos, más se sorprendió cuando se dio cuenta que el triciclo ya no tocaba el suelo, estaba volando y se elevaba mucho más con cada vuelta que daban las ruedas, el señor lechero corría detrás sin poder alcanzarlo hasta que se perdió a lo lejos entre las nubes. Pobre lechero, gritaba y maldecía su suerte, ahora no tenía triciclo ni bueno ni malo, tampoco tenía olla y la leche que quedaba se la había llevado lucio, ¿A dónde? No sabía. Así pasó la mañana y pronto llego la tarde, doña Graciela preocupada y don lechero enojado sentado en la terraza de su casa. Por las calles del pueblo caminaban las parejas de enamorados, celebrando el día de amor  y amistad, eso era una estupidez pensaba el señor lechero, las veces  que vio esa fecha como algo especial era porque su esposa le preparaba un rico almuerzo y pasaban el resto de la tarde en una banca del viejo parque, esta vez miraba al cielo buscando su triciclo ¿a dónde habrá ido Lucio? Se angustio de pensar que algo malo le pudo haber pasado a ese niño por su culpa. Entonces oyó un ruido, era un  timbre ¿el timbre de la leche? Apresurado se asomó a la calle a ver que era y se encontró a Lucio con su triciclo y su olla que venía desde la otra calle timbrando. –señor lechero, mire lo que le traje. –gritaba lucio. –muchacho del demonio ¿a dónde te habías llevado mi triciclo? Ya se habrá dañado la leche de la olla –gritaba el señor enojado. Pero luego vio que Lucio no venía solo, señor lechero se  colocó sus anteojos y miro bien ¿era acaso aquello un espejismo, un sueño?  Quien venía de pies en los conos del triciclo era su amada, con un hermoso vestido amarillo y una gran sonrisa. Señor lechero no lo creía, estaba que estallaba de felicidad. -¿Qué has hecho muchacho? –le preguntaba a Lucio.  –Usted me ha dicho que su esposa se fue al cielo y yo la fui a buscar para que usted tuviera un buen día –le contestó Lucio. El señor lechero abrazó a su esposa lleno de alegría le dijo que la había extrañado y que la amaba mucho. Ella le miro y le dijo feliz día del amor y amistad. Pasaron el resto de la tarde hablando, sentados en una de las bancas del viejo parque y al terminar el día ella volvió. Desde entonces cada vez que llegaba ese día, el señor lechero le pedía a Lucio que lo llevara al cielo a ver a su amada esposa, hasta que un día decidió quedarse con ella  en aquel lugar para siempre. 

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